Aventura en la Patagonia

Una de las maravillas de Chile es la posibilidad de cambiar el desierto por los glaciares en un abrir y cerrar de ojos. En nuestro caso, hicimos una breve escala en Santiago, más que nada porque Chile al tiro, a parte de hacer de guías turísticos, tenía que trabajar, y después partimos rumbo al Sur.

Las tres aventureras en la Patagonia chilena

Las tres aventureras en la Patagonia chilena (lamentablemente Coque no pudo venir)

Volamos hasta Punta Arenas y de ahí a Puerto Natales por la ruta del Fin del Mundo. Este tranquilo viaje, viendo desde el autobús las vastas extensiones de la estepa patagónica, sirve para ir poco a poco haciéndote a la idea de dónde has ido a parar. 

Puerto Natales es un pequeño pueblo, capital de la provincia de Última Esperanza, ideal como base para las excursiones por la zona. Conserva la tranquilidad de un pueblo remoto con casas de madera junto a un fiordo rodeado por montañas nevadas y, a pesar de que el turismo le ha restado algo de encanto, no es difícil imaginarse lo aislado que ha estado hasta hace muy poco tiempo y las difíciles condiciones en las que incluso hoy en día viven sus lugareños.

Puerto Natales

Puerto Natales en un día soleado y frío

Nos hospedamos en Casa Cecilia, un estupendo hostal que recomendamos porque, además de estar limpio, muy calentito y con un desayuno estupendo, nos ayudaron en todo lo que necesitamos. Pocas veces hacemos publicidad, pero Casa Cecilia merece una excepción (esto lo dice Vanessa, que estaba sola ante el peligro, intentando que el viaje con la suegra saliese perfecto y Cecilia fue de mucha ayuda). “Al menos quería que la organización saliese bien, ya que contra las inclemencias del tiempo poco podía hacer. A pesar de que era primavera, sufrimos la esencia pura de la Patagonia: lluvia, nieve, granizo, vientos feroces, niebla y unos rayos de sol muy de vez en cuando”.

La primera excursión fue al Parque Nacional Torres del Paine. Optamos por un viaje en furgoneta con guía y diez turistas, que nos permitió visitar una parte del parque y disfrutar de la naturaleza en todo su esplendor, pero con la comodidad de tener calefacción donde secar la ropa mientras llegábamos a la siguiente parada. El parque es famoso por las Torres, unos pilares graníticos que se elevan 2.000 metros sobre la estepa. Algunos días, como el que nos tocó a nosotras, las nubes las cubren completamente y no se consiguen ver. Así es el clima patagónico, impredecible. Muchos de nuestros compañeros estaban desilusionados (e incluso indignados, sobre todo los gringos), pero a nosotras, más viajeras que turistas, los nubarrones no consiguieron aguarnos el día y disfrutamos de las muchas otras maravillas del parque: grandes lagos turquesas, imponentes cascadas, bosques magallánicos, ríos preciosos, increíbles icebergs y singulares animales, como ñandús, huemules, flamencos, guanacos y cóndores andinos. 

La excursión del día siguiente fue aún más espectacular. Navegamos por canales y fiordos patagónicos (Eberhard y Última Esperanza) para ver los increíbles glaciares Balmaceda y Serrano. Maravilloso viaje por el Parque Nacional Bernardo O’Higgins, situado dentro del campo de hielo Patagónico Sur, la tercera mayor extensión de hielos continentales tras la Antártida y Groenlandia. No es que estemos compitiendo con Wikipedia, pero son datos importantes para dimensionar el lugar en el que estábamos.

Durante las ocho o nueve horas que en total estuvimos navegando no faltó, por supuesto, el mal tiempo patagónico con más lluvia, nieve, granizo y ventiscas. La travesía en barco fue increíble, nos sentíamos a ratos Amundsen llegando al Polo Sur y otros ratos, dentro de una lavadora, por la cantidad de agua que llegaba a las ventanas. Cuando el viento y la lluvia nos dejaban, salíamos a cubierta a disfrutar de la increíble aventura de navegar entre fiordos observando el maravilloso paisaje: montañas, cascadas, acantilados con cóndores y bosques nativos. Sin duda, contemplar glaciares es una de las experiencias más deslumbrantes que existen. Será porque es algo completamente diferente a cualquier otro lugar visitado o será porque ni fotos ni documentales pueden capturar ni su belleza ni los miles de años de historia que tienen. Sea por lo que sea, cuando te encuentras frente a una de estas lenguas inmensas de hielo te quedas literalmente sin palabras.

El último día salió el sol y nos fuimos a Punta Arenas, capital de la región de Mallaganes y Antártica chilena, ciudad ventosa situada en el extremo más meridional del continente americano, en pleno estrecho de Mallaganes. Quién nos iba a decir que algún día estaríamos en ese estrecho que tan lejano parecía cuando lo estudiábamos en el colegio. 

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