La Chascona

Aunque el viajero sea de lingüística, no debería dejar pasar la oportunidad de curiosear por alguna de las casas de Pablo Neruda (Parral, 12 de julio de 1904 – Santiago de Chile, 23 de septiembre de 1973) que la fundación que lleva su nombre ha convertido en casas-museos. Nuestra elegida fue La Chascona, situada en el barrio de Bellavista, en Santiago; aunque también paseamos por el jardín de La Sebastiana, en Valparaíso, y dejamos la de Isla Negra para la próxima visita. Bellavista está lleno de murales, es un pequeño Valparaíso, pero con menos cuestas. 

Un Neruda volador da la bienvenida a los visitantes de La Chascona ofreciéndoles una flor.

La gran ventaja de los viajes largos y fuera de temporada es que puedes hacer cosas vedadas al turista de fin de semana, puentes o vacaciones de verano, como es visitar La Chascona (prácticamente) solo.

En 1953 Neruda y Matilde Urrutia, la pelirroja de pelo alborotado a la que La Chascona debe su nombre (DRAE: s. v. chascón, na. 1. adj. Bol. y Chile. Enmarañado, enredado, greñudo.) y que, por aquel entonces, era el gran amor oculto del poeta, compran el terreno en pendiente, a los pies del cerro San Cristóbal, sobre el que se construyó la casa. En ella vivieron de manera más o menos continuada hasta septiembre de 1973, cuando Salvador Allende y Pablo Neruda, en circunstancias y por causas muy diferentes, murieron y La Chascona fue asaltada. Después, Matilde consiguió arreglarla y se instaló en ella hasta su muerte, en 1985.

La vivienda consta de varios módulos, distribuidos alrededor de un jardín frondoso en diferentes alturas y conectados por escaleras. Allí descubrimos a un Neruda que, con solo 16 años, se licenció en Humanidades, que estudió pedagogía en francés para poder leer a los clásicos y que publicó sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) a los 20 años; y al Neruda diplomático, que a los 30 años ya había sido cónsul en Rangoon (Birmania), Colombo (Ceilán, hoy Sri Lanka) y Singapur. La carrera diplomática lo llevó también a Buenos Aires, Barcelona, Madrid (donde reemplazó a Gabriela Mistral, otra ganadora del premio Nobel de Literatura), México y París; y recorrió Europa, América y Asia dando recitales y atendiendo sus compromisos políticos.

El viajero y  coleccionista empedernido están presentes en esta casa. En cada rincón hay recuerdos de sus viajes: muñecas, tallas africanas, copas de colores, barajas de cartas, botellas, lámparas y bandejas, pisapapeles, sillas del gusto de la época, piezas de cerámica, un astrolabio, el cuadro de Matilde con dos cabezas que pintó su amigo Diego Rivera, una máquina de dar masajes, ojos misteriosos colgantes y mil objetos más. 

En la biblioteca se guardan primeras ediciones (¡Qué gran labor hizo la editorial argentina Losada y no solo con Neruda!) y traducciones de sus obras. No hay muchos libros, en realidad. Llama la atención. La razón es que el poeta, en 1954, donó su biblioteca, junto con una colección de caracolas marinas, a la Universidad de Chile.

Dentro de la vivienda no se pueden hacer fotografías. Si quieren explorarla a distancia, tendrán que conformarse con las fotos que se incluyen en su web, que no son muchas, y con el tour virtual.

La visita a La Chascona me ha llevado a releer la biografía de su dueño y a recordar detalles olvidados o, quizá, nunca sabidos. Fue senador por la provincia de Tarapacá, que recorrimos hace unos días. ¿Cómo serían, hace 80 años, las visitas del poeta a los pueblos aimaras, que hoy en día no cuentan con luz eléctrica las 24 horas del día ni una carretera pavimentada?

Pero, sin duda, uno de los episodios más peliculeros, visto desde hoy en día, claro, ocurrió cuando, acusado por González Videla de injurias al presidente, se ordenó su detención para procesarlo. Vivió oculto poco más de un año (tiempo que aprovechó para terminar el Canto general) y a finales de marzo de 1949 consiguió llegar clandestinamente a Buenos Aires. De allí salió con el pasaporte de su amigo y diplomático Miguel Ángel Asturias (otro Nobel de Literatura), al que le unía un vago parecido fisonómico: “largos de nariz, opulentos de cara y cuerpo” –entre ellos se llamaban “chompipe”, indigenismo que significa ‘pavo’–. En sus memorias así cuenta Neruda la huida: “A los pocos días, entre “señor Asturias por acá” y “señor Asturias por allá”, crucé el ancho río que separa la Argentina del Uruguay, entré a Montevideo, atravesé aeropuertos y vigilancias policiales y llegué finalmente a París disfrazado de gran novelista guatemalteco. Pero en Francia mi identidad volvía a ser un problema. […] Forzosamente tenía que dejar de ser Miguel Ángel Asturias y reconvertirme en Pablo Neruda.” La aventura continúa en Confieso que he vivido. Imperdible.

Se dan un aire…

* Colaboración especial de Alicia, otra chascona:

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