Por fin, ¡visitas!

Después de más de dos años en Chile, por fin hemos recibido visitas. Mi madre y mi tía decidieron aguantar todo el verano trabajando para poder tomarse las vacaciones en octubre y venir a verificar que realmente estamos tan bien como decimos.

Dispusimos la habitación de invitados, limpiamos la casa a conciencia (ya se sabe que las madres revisan hasta el último rincón) y preparamos un tour chileno para que conociesen (y nosotros de paso) algunos de los muchos lugares espectaculares que tiene este país. Gracias a nuestro empuje se atrevieron a alcanzar sitios extremos que nunca se hubieran planteado visitar hace unos años (estad atentos a las próximas entradas del blog).

Teníamos muchas ganas de compartir con alguien tan cercano nuestra vida chilena, así que disfrutamos mucho teniéndolas en casa y enseñándoles nuestro Santiago. Además, nos dejamos mimar y no nos opusimos ningún día a que nos planchasen alguna que otra camisa o cocinasen algunas de sus especialidades, como croquetas, tortilla de patata o riquísimos purés. Ellas, por su parte, no se negaron a que las acompañásemos en sus paseos por la ciudad hasta la punta del cerro o las invitásemos a descubrir la exquisita comida peruana.

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